Como final de curso del Taller de Escritura, el profesor nos mandó como tarea que escribiésemos un relato corto, no más de una página, que hablase del desplazamiento repentino de un ascensor hacia un lado.
Hoy, tristemente, de nuevo mujeres asesinadas.
Mi relato fue el siguiente, en crudo, sin corregir:
Red violeta
Se ha dormido. Su vecina Luisa, por la cuerda de tender la ropa, le pasó unas pastillas “muy fuertes”, le dijo. No son peligrosas, le advirtió también.
Han hecho efecto; ronca como un cerdo.
Luisa, que es la amante de su marido y, aunque suene mal, con todos mis permisos, le dijo que él le
comentó, en una noche de pasión loca y después de haberla golpeado a gusto, que
esconde las llaves en un agujero del cuarto de baño, muy bien disimulado; para
algo es dueño de una constructora.
Ya las tiene; rápidamente abre la puerta y, al verse reflejada en el espejo,
se asustó de su aspecto. No puede salir sin antes disimular un poco los
moratones. El recurso de las gafas grandes tampoco sirve; debe intentar
suavizar las marcas, debe maquillarse para disimular su trágica imagen. No le
gusta volver atrás; la sensación de miedo, de inseguridad la atenaza. Debe ser
por las veces que ha visto en las películas que el malo se despierta y al final
acaba con lo que siempre decía, tenía pendiente, matar, matarla.
Se ha puesto un pantalón cómodo y una camisa blanca, su ropa preferida, que hace tanto tiempo no se pone. La tenía encerrada. En el bolsillo del pantalón guarda la nota que junto a las pastillas le ha puesto Luisa en la cesta. Le hizo mucho hincapié en que se aprendiera el código, ya que debería marcarlo una vez el ascensor estuviera funcionando.
No se lo puedo creer; ha cruzado el marco de la puerta, salía de la casa que era su mazmorra.
Llama al ascensor; por suerte no hay nadie esperando, es un rellano con muchas puertas. El ascensor se para, sube y, temblando, aprieta un botón; daba igual cuál. Nada más ponerse en marcha, marca desesperada en las placas de los pisos el código.
El ascensor se para, un hueco pequeño se abre en una pared y, tal como le explicó Luisa, entra rápida. El hueco se cierra de nuevo y, sin entender lo que está pasando, como si estuviera viajando en una cápsula del espacio, el nuevo ascensor se para y se abre una puerta. Se queda totalmente sorprendida; se encuentra en el hall de un edificio enorme, acristalado, diáfano, rodeado de una especie de jardín donde mujeres, algunas de ellas con muletas, otras en silla de ruedas, ayudadas por mujeres menos necesitadas, se pasean, ríen, hablan entre ellas.
La recibe Luisa: “Bienvenida”, no sabes lo feliz que me hiciste cuando
aceptaste llevar a cabo mi plan. Te costó, lo sabemos; no te preocupes por él,
cuando despierte no se acordará de nada. Lo bueno es que ha perdido toda su
agresividad y no hará daño a nadie más.
Abraza a Luisa y empieza a llorar agradecida; se halla en la red violeta,
red solidaria que ayuda y cuida de las mujeres que han tomado conciencia de su
maltrato y quieren acabar con él.
Fin
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