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Un gobierno puede perder votos y conservar iniciativa. Puede perder una elección y conservar una época. Lo peligroso empieza cuando pierde el derecho a ponerle nombre a las cosas.
La lenta caída
Las encuestas venían anunciando que algo se estaba moviendo. El último Latam Pulse de AtlasIntel y Bloomberg, realizado entre el 30 de julio y el 3 de agosto, ubicó la aprobación presidencial en 37,1 por ciento y la desaprobación en 62,4. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, apenas el 23,1 por ciento aprueba al presidente. Entre los de 25 a 34, el 26,9.
Ahí hay una pequeña ironía de la historia. Los jóvenes fueron una de las imágenes más poderosas del ascenso de Milei. En 2023 hubo casas argentinas donde un pibe de veinte años convenció al padre, a la madre o al tío de votar a un economista que gritaba en televisión con una motosierra en la mano. Fueron militantes sin carnet de una rebelión electoral que entraba en la historia por el lado equivocado. Tres años después, una parte mira a aquel mismo presidente con decepción.
Milei necesita que la desigualdad deje de ser percibida como una injusticia. Que la solidaridad parezca una sospecha